martes, 6 de mayo de 2008

Selva de ciudades

El organillero


Locura, s. Ese "don y divina facultad" cuya energía creadora y ordenadora inspira el espíritu del hombre, guía sus actos y adorna su vida.
Ambrose Bierce, El diccionario del diablo.

Día tras día, con sol, con lluvia, con miradas, ignorado... Él está allí, con su viejo perro de raza indefinida, su bicicleta con un remolque casero y su organillo. Hace años que ese viejo trasto no suena, pero a él le da igual, mueve la manivela pacientemente mientras la música que lleva grabada suena por los altavoces a pilas de su equipo. El puesto lo adornan dos grandes sombrillas. Siempre lleva una gorra roja, vieja y sucia, unas grandes gafas de pasta, una camisa de cuadros verdes, y un pantalón, que hace años era azul, de pana. Se acuclilla en el suelo, y pasa horas y horas, mientras el devenir frenético de la ciudad le ignora tanto como a un chicle pegado en el suelo.

La primera vez que le vi, creía que estaba allí para pedir dinero, pero, no había donde echarlo. Después, he ido observándolo día a día, y nadie le da dinero, él sólo recibe cosas. El otro día un chavalillo le regaló un cómic, bueno un tebeo mejor dicho, de Mortadelo y Filemón. Desde entonces, se sienta al lado del organillo destartalado y lee. La música suena, y su ritual parece haberse roto, pero a él le da igual. Con sus enormes gafas, lee y sonríe, lee, sonríe.