lunes, 11 de noviembre de 2013

Kind of purple

Kind of purple
Por J. Daniel García

A toda la Tribu 2.0,
somos legión.

“Y así el demiurgo, José Hilario, o como queramos llamarlo, sería simplemente un imitador, un reproductor a escala ínfima del mundo verdadero, el que se extiende y sucede por encima de él, en los siete cielos y en el ático inalcanzable.”
Santiago Valenzuela, Plaza elíptica, 2010


Capítulo 1: Cariño, no eres tú, soy yo…


Y aquí estoy con el corazón en las manos, chorreando, sangriento; no es una metáfora. Estoy sentado, o mejor apoyado, poco a poco el rigor mortis hará que quede en una postura ridícula, digna de mi muerte.

Que cómo he llegado hasta aquí. Pues no lo sé, bueno sí lo sé, pero la vergüenza hace que mis últimos pensamientos sean condescendientes conmigo.

Todo empezó con una rubia, de largas piernas y conciencia corta que entró en mi despacho hace dos días…

-¿Se puede?
-Pruebe usted señorita… -Ahí está ella, rubia, alta, con esas piernas que no acaban nunca, la falda deliciosamente ceñida a su cadera y un traje de chaqueta cerrado que da por pensar que no esconde nada debajo. En sus manos, con destreza, ase un cigarrillo a medias, manchado de carmín que deja en mi cenicero. Yo no fumo, pero lo tengo para los clientes. Observo como las volutas de humo del cigarro se elevan ocultando tras una niebla muy fina el rostro de ella. La oscuridad del despacho hace que, unido a su sombrero, no vea más allá de sus ojos, azules, luminosos y convenientemente entreabiertos. Jack me ha dicho mil veces que arregle la luz del techo, pero a mí con el flexo me sobra; total, normalmente, a quién tengo que buscar no es a quién viene a verme, sino a quién aparece en la foto que me entregan.

- Tome asiento señorita…
- Señora, señora Dubois.
- Pues usted dirá.

Se sienta y entonces un poco de luz de lámpara le ilumina medio rostro, el otro lo oculta con su cabellera, rubia platino. Lleva los labios rojos, un carmín que visualizo en el cuello de mi camisa y hace que me estremezca.

- Pues vengo a que me ayude a encontrar a mi padre.
- A eso me dedico. ¿Hace cuánto que se marchó? ¿Tenemos sospechas de alguna secretaria? ¿A qué se dedica? ¿Va a poder usted pagar mis honorarios?
- No se ha marchado…

El tiempo se para, la habitación parece girar sobre sí misma.  Me sorprende no estar todavía muerto, veo que el corazón palpita, esto no tiene lógica. Hago un esfuerzo por levantar la cabeza pero el cuello no me obedece. Parece que todo va a ser así, ver mi vida extinguirse poco a poco, creía que tardábamos menos en morir y que era un fundido en negro radical, pero no, lo veo, lo oigo todo. De hecho, oigo sus tacones acercarse a mí. Me susurra algo al oído, “Rosebud”, no sé que mierda es esta, pero poco a poco todo empieza a estar más iluminado. Un olor lejano, como a madera, pero una madera distinta, algo que he olido de pequeño, o antes, no sabría realmente concretar cuando, ¡joder! Mis últimos pensamiento y los tengo que ocupar en intentar saber a qué huele, yo esperaba estar viendo mi vida pasar, o alguna mierda de esas. ¡Sándalo, sándalo! Eso es, muy bien, pequeño idiota, ya lo sabes, ahora muere en paz… Violeta, todo está poniéndose violeta…







Capítulo 2: ¡Más madera!


Así sin más, así nació. Y él venía todos los días a su cuna, y lo miraba y no podía creerlo, ¿cómo algo tan bonito y tan indefenso podía venir de ellos? Es algo ampliamente aceptado, tras miles de años de evolución, pero cuando te pasa a ti, ya no es tan simple, es infinitamente complejo. Es creación. Un ser humano que respirará, soñará, cagará y llorará, como tú lo has hecho. Y toda la vida cambia, los problemas más jodidos se convierten en nimiedades, no hay tiempo para dudas, hay que ir hacia delante.

Y él venía todos los días a la cuna, y le escribía cuentos…

Todo empezó hace mucho, mucho, mucho tiempo. En esos días en los que las princesas eran recluidas en castillos y los dragones campaban a sus anchas por la tierra. En un reino muy lejano, vivía un joven soñador…

Y se los leía mientras se asombraba de que esas manitas pudieran moverse, esos alambritos que parecían tan frágiles podían coger su dedo y hacerle sentir mucho más que miles de manos apretándolo a la vez.

Vivía con su padre que era carpintero, uno de los gremios más importantes del entonces, pero él soñaba con ser mucho más, un gran caballero, de reluciente armadura, lanza en ristre y un gran corcel blanco. Mas en aquellos entonces, si carpintero nacías, carpintero morías. Así que después de muchos años de negación, cuando le tocó aceptarlo, decidió ser el mejor carpintero que había pisado la faz de la tierra. Así, empezó a pasear por todos los pueblos de la comarca, entraba en las iglesias y estudiaba cada detalle hecho de madera, cada banco, cada coro… Poco a poco, empezó a desarrollar una extraña habilidad. Veía lo que había detrás, la forma. Así, si le daban un trozo de madera veía si había una cuchara, o una maza para partir almendras, o lo que fuera. Incluso podía ver las formas que no se había sacado. Así, la silla que tanto se rompía, era porque en realidad era una mesa, y era tan infeliz que prefería estar rota que ser lo que no era. Fue estudiando los tipos de madera, las densidades, las purezas, aprendió a diferenciar entre la madera de haya, de cedro, roble, de pino, el palisandro… Aprendió que había maderas blandas y duras, las primeras, aunque menos resistentes, eran más fáciles de trabajar, con lo que eran mejor para hacer adornos, muebles, etc. ; mientras que las otras eran más adecuadas para estructuras más duraderas, vigas, balcones…

Y así, día a día, se fue convirtiendo en el ebanista más hábil de todo el reino, a la tienda de su padre iban desde el cocinero que quería tener los mejores útiles de madera para cocinar, hasta el criado del noble a buscar los muebles más bonitos para palacio. En sus ratos de ocio, Alejandro (creo que todavía no te había dicho como se llama nuestro pequeño protagonista) tallaba pequeños juguetes para sus amigos, anillos, sabía hacer desde un pendiente con un hueso de aceituna, hasta el más bonito de los colgantes de madera articulada.

Un día, iba Alejandro andando por el bosque cuando vio una madera extraña en el suelo, era un tipo que nunca había visto, y no era, la verdad, muy grande. La sostuvo en su mano y no era más grande de un puño, tenía un olor muy profundo y que no reconocía, intentó ver su forma, pero no pudo verla. ¡Qué extraño! Era la primera vez, desde hacía mucho tiempo, que no veía la forma que se escondía tras una madera.

Se sentó con la espalada apoyada en un roble centenario, y siguió observando aquel trozo extraño con mucho detenimiento. El olor que desprendía era muy intenso y poco a poco se le iban cerrando los ojos, poco a poco, poco a poco…

Abre los ojos bruscamente Alejandro, se nota extraño, no tiene ningún dolor en su cuerpo, pero incluso diría que no pesa, que… ¡Está volando! Mira hacia abajo y ve el suelo a unos tres metros de altura, ahora mismo está flotando a la altura de las copas de algunos árboles… No se lo puede creer. ¿Qué está pasando? Mira hacia su puño, y del trozo de madera no es que salga olor, es que se ve como sale, son como unos pequeños tentáculos de color violáceo. Asustado arroja el trozo de madera al suelo y a continuación se cae al lado de bruces. ¡Ouch! Eso me ha dolido. Exclama hacia la profundidad del bosque. Se rasca el culo dolorido mientras mira asustado hacia el trozo de madera que otra vez yace inerte en suelo a un metro de él.

De repente, lo ve, la forma, es un broche para una capa. Tiene formas redondeadas, es como una estrella de ocho puntas, pero las puntas vuelven hacía el centro y se entrecruzan. Coge la madera con un trozo de piel, y se va corriendo de aquel claro del bosque hacia el taller de su padre.

- ¡Padre, padre!
- Dime hijo, ¿dónde has estado todo el día? Hay que hacer una mesa para el duque, y tiene que estar para mañana.
- Sí, padre, lo haremos. Pero tengo algo que contarle, he encontrado…
-  ¡A callar! Te he dicho que tenemos trabajo, deja las chiquilladas para otro momento.
- ¡Pero padre! Es algo increíble, algo…

La mirada de su padre hace que Alejandro entienda que no puede seguir con la conversación. La impaciencia le quema por dentro, quiere sacar la forma como sea, pero ahora no puede, tiene que labrar la mesa para el duque. Después de tres horas de trabajo, se da cuenta de que ha estado grabando una y otra vez la forma extraña en la mesa… ¡Espero que no le importe al duque! Pero no tiene tiempo de hacer nada esa noche, después de nueve horas de trabajo seguido, casi no tiene fuerzas para comerse la cena, así que cae rendido en el camastro de paja.

Al día siguiente, cuándo se levantó con el canto de los gallos, había un señor con una alabarda, un gran bigote y una armadura en la puerta del taller hablando con su padre, que tenía la cabeza gacha y el sombrero entre las manos.

-            - ¡Alejandro!
             -   Dígame padre.
-            - Baja, tenemos que irnos.
-            - ¿A dónde?
-            - El duque quiere que vayamos a su palacio…
-            - ¿Y eso es bueno o malo padre?
-             - Hijo, los ricos no hablan con los pobres- Le dice tras una mirada vidriosa.
-             - ¿Entonces…
-             - ¡Recoge ya y no hagas más preguntas! No hagas más preguntas…
Y allá que salen, padre e hijo siguiendo humildemente a ese señor con ese gran bigote que no baja la vista nunca ni siquiera para esquivar los excrementos de los animales que hay en el suelo. Una gran puerta da entrada al castillo del duque. En el interior de las murallas, hay gallinas corriendo, paja por los suelos y huele muy mal. Siguen al señor del bigote hasta que les hace esperar en las escaleras que da acceso a la zona donde vive el duque.

Tras una hora, las grandes puertas se abrieron y de ellas salieron un bufón (algo así como tu padre cuando empieza a hacerte tonterías, pero vestido de rojo y con un gorro), dos perros enormes, tres hombres de bigote y armadura, y un hombre con unas ropas más lujosas, comiendo un muslo de pollo con las manos.

-               - ¿Eres tú el carpintero que me ha hecho la mesa de esta mañana?- Gritó, mientras la grasa del pollo se le escurría entre la barba. y el bufón saltaba y le sacaba la lengua.
-                - Sí, señor soy yo.
-             - ¿Y quién es el mocoso que llevas contigo?- El bufón se ponía detrás del duque y le sacaba la lengua a Alejandro.
-               - Es mi hijo mi señor, él fue quien hizo los adornos.
-              - ¿Él hizo los adornos?- El bufón se cae de culo al suelo y se lleva la mano a la cabeza.
-              - Sí señor.
-           - ¿Pretendes que me crea que este mancebo ha hecho la labor de un maestro carpintero?- El bufón hace señas de que está borracho.
-            - Señor, es un chico muy hábil, siempre se le ha dado muy bien.
-            - Está bien. Vete y deja aquí a tu hijo.
-           - ¡Pero, qué dice mi señor! ¿Cómo voy a dejar aquí a mi hijo? ¿Qué le voy a decir a su madre?
-          -  Eso, no es problema nuestro. ¡Guardia!- Gritó mientras arrojaba una bolsa cargada de maravedíes hacia el carpintero que la cogía con cara de estupor. 
                   Metieron a nuestro héroe hacia dentro, mientras el carpintero se iba con lágrimas en los ojos, el sombrero en la mano, e iba mascullando algo entre los dientes.

            Entró en el palacio que no estaba iluminado más que por un puñado de velas (¿te acuerdas de cómo huelen las que apaga la mamá después de cenar? Pues imagina como olía allí) Estaba muy asustado y apretaba fuertemente el trozo de piel con su madera preciosa, que llevaba dentro de la cuerda que sujetaba sus calzas. Lo dejaron solo, en el medio de una habitación enorme, en el techo se oían revolotear cuervos que esperaban a que los perros se descuidaran con las sobras de la comida de los señores para abalanzarse sobre ellas. Al poco rato, una línea de luz apareció al final de la sala, fue ascendiendo poco a poco, y luego se curvó volviendo hacia el suelo, formaba una especie de umbral en la pared, Alejandro se acercó curioso y tocó la pared. Se oyeron unos gruñidos y se abrió un palmo la pared dentro de la luz, como si fuera una puerta bien engrasada. Miró hacia los lados, una vez, una segunda, y como nadie le observaba empujó un poco más la pared hasta que se abrió por completo, de dentro salía una luz cegadora, no se veía nada. Alejandro, pensó un poco, ese poco que piensan los niños antes de hacer algo, y se decidió entrar; puso un pie en la luz,  metió una mano y el brazo, parecía que desaparecían, pero la sensación no era dolorosa, ni extraña, era placentera, algo que llamaba del otro lado y olía como a algodones. Finalmente, cogió aire y entró.


Y él venía todos los días a la cuna, y le escribía cuentos…





Capítulo 3: Leyendo espero…

La luz blanca dio paso a la verde, luego se tornó  azul, tras unos instantes empezó a ver en todos los colores. Estaba en un bosque, el suelo blandito, lleno de hojas recién  caídas y olía mucho a madera mojada. Alejandro se sacudió la ropa, todavía quedaban restos de luz blanca que resbalaban por su jubón como si fueran gotas de rocío. Estaba algo aturdido, hace un momento estaba dentro de un palacio oscuro y ahora estaba en un bosque, entre árboles que no reconocía, y eso era muy extraño ya que sabía todos los tipos de árbol y madera de la zona. Comenzó a andar hacia adelante. De repente, de su bolsa de cuero empezó a ver salir unos hilitos violetas, ya casi había olvidado que llevaba consigo el trozo de madera extraña que encontró ayer. Lo saca de la bolsa sin desenvolverlo y observa como parece que el paquete respirara, unos débiles latidos emergen de la piel. Finalmente, lo libera de su envoltorio y lo sostiene entre sus manos, está algo asustado, no quiere que le pase otra vez lo que le pasó el día anterior. Pero esta vez, los hilitos de colores no se dirigen hacia él, van hacia los árboles, conforme llega a uno ve que se proyecta un nuevo haz y se encamina hacia un nuevo árbol. Alejandro lo deposita en el suelo y el fragmento empieza a levitar, con los ojos llenos de luz violeta quiere nuestro protagonista salir corriendo, pero las luces lo seducen de una manera increíble, finalmente, piensa que de todas formas no sabe dónde está, así que se sienta en el suelo y sigue observando el espectáculo.

Al rato, cuando ya se ha conectado el trozo de madera con todos los árboles que hay alrededor comienza a formarse una figura, unos edificios muy altos, calles con unas cosas muy extrañas altas y delgadas que parecen emitir luz, unas carretas a las que les faltan los caballos y gente que viste de forma muy extraña. Cuando la imagen ya está completa empieza a moverse. Si no fuera porque Alejandro está ensimismado ya habría salido huyendo como alma que lleva el diablo. Las carretas empiezan a moverse lentamente, la gente también aunque todo el mundo va muy nervioso y no parecen conocerse. De repente, un niño se para y mira hacia dónde está Alejandro. Se acerca más y más y se queda parado al borde de la luz. Mira con mucha curiosidad y acerca la mano, justo al lado de la madera que levita una mano empieza a formarse, las líneas se hacen más finas y parece que se estén atando y soltando, la mano parece más bien un guante de esparto violeta. Nuestro protagonista empieza a sentirse incómodo, cuando el niño se ha acercado ha visto que es igual que él, bueno, no igual, es idéntico. Aunque con ropas mucho más extrañas. Ahora se acerca él a la luz, no lo puede evitar la curiosidad le llama, sabe que no debería ir, que siempre su padre le ha dicho que esa curiosidad le daría más de un disgusto, pero tiene que ir. Cuando llega a la altura de la mano el otro niño la retira. Al tocar la luz nota que tiene consistencia, es como si fuera líquida. Comienza a introducir su mano, lentamente, la verdad es que la sensación es muy agradable. Entre sus mano el otro niño lleva un libro muy gordo. Se miran a los ojos y el niño se lo entrega a Alejandro. Después, se da la vuelta y se aleja por la calle extraña sin mirar atrás.

Tras unos momentos, logra pasar el libro a través de la luz, al principio está goteando violeta, pero poco a poco se va secando. Mientras, la maderita ha dejado de levitar y ha caído al suelo extenuada. La recoge con cuidado y la vuelta a poner en su bolsa envuelta en la piel. El gran libro reposa sobre el colchón de hojas del bosque.
-       ¿Qué piensas Alejandro?
-            -No lo sé. Nunca había visto un códice cómo este. ¿Tendré que llevarlo al monasterio, no?
-           - No creo, parece que es para ti.
-           - Pero yo no sé leer ni escribir, ¿de qué me sirve?
-          - Pues no sé, quizás lo debas averiguar tú.
Se arma de valor Alejandro y se acerca al libro, no entiende lo que pone en la portada. Es de piel, muy grueso, los símbolos son dorados y en el centro está el símbolo de la estrella de ocho puntas que luego vuelve hacia el centro sus puntas y se entrecruzan. Abre la tapa y comienza a pasar la vista por las extrañas figuras, súbitamente empieza como a oír una historia, pero dentro de su cabeza…

La voz le contó una historia extraña, el cómo los hombres había aprendido a leer y escribir, como había hombres que se dedicaban a escribir poesía y a expresar sentimientos, el amor, la muerte… Y como poco a poco todo ese saber se había ido aprisionando entre muros de monasterios. Cuando cerró el libro notó que estaba más grande, más alto, más fuerte, más veloz. Asombrado se miraba las manos que veía enormes y como podía saltar mucho más alto. Entre carreras descubrió un árbol muy grande y en su tronco una puerta. Se asomó por la cerradura de la llave, pero no se veía nada, sólo una luz blanca. Emergía un pomo dorado y ni corto ni perezoso lo giró. De dentro salía una luz ya familiar, con mucha alegría dio un salto y se zambulló dentro sin pensar mucho más.

     Al otro lado, la gran habitación oscura. Tuvo que esperarse un poco a que se le vaciaran los ojos de tanta luz. Todo estaba en silencio. Al fondo, se recortaba la figura del duque apoyado al marco de la puerta que miraba hacía Alejandro sonriendo.
-    
-            Hola pequeño.
-           Hola…
-           Veo que has podido traer El Libro.
-            … sí…
-           ¿Sabes lo que es?
-           Sí… No…
-          ¿Sabes quién eres?
-           Sí, Alejandro el hijo de José El Carpintero.
-           No. Eso es incorrecto. Eres el portador.
-           ¿El portador?
-           Sí, ese libro sólo puedes llevarlo y abrirlo tú.
-          ¿Sí? Yo creo que se equivoca señor. Yo no soy más que un niño.
-          Exacto, ¿qué dice en la portada?
-          Dice: Libro del conocimiento…
              Alejandro enmudeció, ¿cómo podía saber lo que ponía si no sabía leer ni escribir? El Duque empezó a reír a carcajadas.
-                             Exacto hijo, acabas de aprender a leer y escribir. Y eso te acaba de convertir en dos cosas. Primero en un sabio, y después en un estorbo. La Iglesia no permitirá que andes libremente por ahí.
-                  Pero, ¿por qué?
-                 Porque dice la profecía que El Portador podrá enseñar a leer y escribir a quién quiera.
-                 Pero, ¿eso para qué serviría? No entiendo nada.
-         Eso, hijo, sirve para que nadie tenga que depender del saber de nadie. Que todo el mundo pueda desarrollar su conocimiento y el de los demás. En pocas palabras libertad. Que la cultura no pueda estar en manos de unos cuantos sino que pueda circular. Con el tiempo, irás aprendiendo a utilizar tus poderes.
-              ¿Poderes?
-               Sí. Te voy a hacer una pequeña demostración. ¿Llevas la llave?
-       ¿La llave?
-       Sí hijo, un trozo de madera de sándalo.
-       ¿Esto?
-       Exactamente. Cógela con una mano y sostén en la otra este pequeño códice de cántigas que te entrego. Ahora, sólo deja que las palabras fluyan dentro de ti.

Cierra los ojos Alejandro y empieza a imaginarse una señora con un laúd y un hombre cantando. De su puño comienzan a salir unos haces de luz violeta que llegan a un rincón de la sala y forman las figuras. Al instante comienza a sonar una música y el hombre comienza a cantar.

-       Esto, hijo, no es más que una pequeña muestra de todo lo que puedes hacer. Conmigo aprenderás y enseñarás. Está llegando la hora en que tendrás que cumplir con la profecía y tu destino, escrito en ese libro que llevas se hará la realidad. Ahora, guarda la llave y ven conmigo, que para este frío no hay nada mejor que un buen cocido…



Capítulo 4: Pues sí querida, eres tú…

            Me levanto de la silla, ya lo sé, yo soy Alejandro, este corazón no es mío. Miro enfrente de mí y veo a la rubia, no es más que un robot que construí hace años. Intenté llevar ese conocimiento al ser humano, durante años, siglos, pero me condenaron, me quemaron, me trataron por loco y acabé construyendo esto. Esta realidad que no es tal, este constructo digital en el que me acostumbré a vivir; esta película mala de cine negro. Una de esas que solía ver; una de las novelas, de las muchas que leí, ya que he leído todo, todo lo que ha escrito el ser humano y lo que piensa escribir, soy alfa y omega. Todo lo que me rodea es falso, lo he construido yo para no ser, para no pensar; tanto que llegué a perder la conciencia de quién era y me convertí en uno de mis personajes. El demiurgo paso a actor y uno de ellos me vino a buscar. Le miro a los ojos, nunca llegué a ponerle nombre a la robot, quizá por eso me buscaba. No se puede vivir sin nombre, pero claro es que ella no vive.

            El libro me condenó a poseer el conocimiento y al tiempo, pero he fracasado. Ahora he de decidir qué hacer. Le ordeno a la robot que me haga un café, todos mis marionetas saben hacerlo de forma exquisita; miro desde arriba la habitación. Mi réplica sangrando, la habitación cargada de humo, ya violeta… Debe haber algo que pueda hacer, alguien a quién pueda convencer, o, por lo menos, alguien a quién engañar y pasarle mi testigo, el libro y yo poder descansar ya.

            Noto un cosquilleo en la nuca, me da la impresión de que alguien está leyendo mis pensamientos. Me giro y te veo, sentado tras la pantalla de tu ordenador, leyendo estás líneas; mis ojos se agrandan ante la sorpresa, quizás no soy… Quizás eres tú…

            Súbitamente, empieza a sonar a tu alrededor “Kind of blue” y empiezas a ver unos hilos de color violeta…